sábado, 21 de marzo de 2015

Nuevos enfoques y estrategias en el cine de temas gitanos: la lucha por la visibilidad en un mundo globalizado



POR JOSÉ ÁNGEL GARRIDO
Ponente de las Jornadas Europa Gitana


En 1998 me propuse cuantificar cuánto había de tópico y cuánto de realidad en el cine de ficción. Lo hicecon el objetivo de argumentar con datos una intuición básica tan enraizada en nuestra cultura audiovisual que no solemos preocuparnos por verificarla: el cine de ficción recurre cuando se ocupa de culturas y de grupos humanos a aspectos y representaciones populares (arquetipos, tópicos, lugares comunes, literatura popular, mitos sin base real, exageraciones, deformaciones); pocas veces se da en la ficción cinematográfica un intento declarado de ser riguroso a partir de fuentes especializadas o fiables (textos históricos, ciencias sociales). En Minorías étnicas y cine de ficción. El caso de los gitanos (2003) traté de establecer numéricamente cuánto había de imagen popular y cuánto de retrato veraz en el cine sobre los gitanos.
A partir de una muestra compuesta por cuarenta y cuatro títulos de nueve nacionalidades obtuve una relación de ciento veintiséis elementos que hacían referencia al mundo gitano, de los cuales setenta y cinco (un 59,5%) estaban basados en aspectos verificables de la cultura gitana, mientras que los cincuenta y uno restantes (40,5%) tenían que ver con una visión distorsionada y/o basada en tópicos, actuando incluso como refuerzo negativo de las mismas actitudes que contribuía a divulgar (desconfianza, desconocimiento, devaluación de valores y rasgos culturales). El trabajo consistió en tabular qué elementos aparecían en cada uno de los filmes de la muestra y contabilizar cuáles predominaban: si los que hacían referencia a realidades o los basados en tópicos.

Los resultados no ofrecieron demasiadas sorpresas, al contrario, dieron por buena la intuición primera: los arquetipos humanos y los tópicos populares predominan en la representación cinematográfica del mundo gitano (un 64%), mientras que los aspectos que tienen que ver con su realidad social o sus reivindicaciones apenas alcanzan el 35%. La imagen cinematográfica de los gitanos no contradice en lo esencial al retrato de esta cultura más allá de la pantalla: una cultura desconocida en lo básico, injustamente marginada y escasamente valorada. A continuación, cabe plantearse el por qué de esta imagen tan distorsionada de su realidad y la persistencia de un prejuicio tan arraigado. En el caso de otros grupos humanos o culturales podría explicarse por la distancia geográfica o por ser un grupo poblacionalmente minoritario; pero en el de los gitanos se trata de una cultura cercana, con un largo arraigo en Europa y una población numerosa. La muestra cinematográfica reveló, además, un abundante repertorio de elementos irreales, deformados o sesgados que incluía leyendas sin base real, mitos con una clara intencionalidad marginadora o, directamente, aspectos inexistentes de su cultura. Además de documentar la primacía de los elementos populares en el cine de ficción, el análisis sirvió para precisar los principales estereotipos gitanos en la pantalla:

a)      Racialmente temperamentales
b)      Navajeros
c)      Recurso a pequeños robos y la buenaventura como forma de vida
d)      Prejuicio racial como actitud práctica
e)      Recurso a maldiciones
f)        Actitud diferente al no gitano respecto a la vida y a los sentimientos

En cambio, aquellos elementos que podrían contribuir a un retrato más ajustado a la realidad gitana prácticamente no tienen presencia; incluso no aparecen en ninguno de los cuarenta y cuatro títulos de la muestra (de los diecisiete descriptores ausentes, un 89% pertenecían a rasgos socioculturales, el 11% restante a aspectos folclóricos):

a)      Existencia de un idioma propio
b)      Persecución y exterminio durante el período 1939-1945
c)      Conflictividad derivada de la competencia laboral con el grupo mayoritario
d)      Desintegración de sus linajes tradicionales
e)      El asociacionismo gitano
f)        Problemas derivados de una política de realojamientos forzosos
g)      Flexibilización de las jerarquías sexuales y de edad
h)      Reivindicación de una educación diferenciada. Acceso a estudios superiores

Algunos temas, como la política de realojamientos forzosos durante el franquismo, permanecen inéditos tanto para la ficción como para el documental.
 A pesar de este panorama tan decepcionante, es necesario recordar que la ficción cinematográfica es un recurso al servicio de una instancia superior: la narración, la cual necesita transmitir información al espectador de forma rápida y fiable y provocar unos efectos concretos (tensión, humor, tristeza), todo ello supeditado a un objetivo superior: el entretenimiento. La ficción prioriza, por cuestiones prácticas, el uso de arquetipos sociales y culturales (sin analizar su vigencia o validez). Conceptos complejos, matizaciones sutiles o aspectos poco conocidos requieren tiempo y esfuerzo para ser expuestos en la película.

La ficción cinematográfica, por definición, tiende a la eficacia comunicativa en el menor metraje posible; no hay tiempo para el análisis ni la revisión de certezas culturales o históricas, hay que lograr una identificación rápida entre el espectador y los personajes o los sucesos narrados. Es precisamente esta predisposición la que permite luego a la ciencia social analizar los filmes como expresión de testimonios de su tiempo: objetos, lugares, actitudes, puntos de vista..., incluso discursos sesgados. Por el lado de la ficción no debemos esperar corrección política ni cultural; más bien felicitarnos por la abundancia de títulos para estudiar.

Aun así, hay que evitar la tentación de simplificar (o amplificar) en exceso la relación de causas y consecuencias que provocan ambos fenómenos (Santaolalla, 2005; Cantero-Exojo, Van Liew, Suárez, 2012): no es que el cine sea especialmente reacio a la cultura gitana, se trata de un efecto perverso propio de la economía narrativa. Lo que debe preocuparnos no es solo la imagen deformada de los gitanos en la pantalla, sino el hecho de que esta se alimente de prejuicios y de tópicos de la sociedad que produce y ve estas películas. Combatir los arquetipos cinematográficos está bien, pero se trata solo de una parte del problema cuyas causas están fuera de la pantalla.

La imagen de los gitanos en la pantalla no está relacionada exclusivamente con conflictos sociales y políticos vigentes, ni con los tópicos, ni siquiera con la invisibilidad social a pesar de su presencia en Europa desde hace cuatro siglos (Kenrick, 1995), sino con una herencia cultural hecha de prejuicios literarios (Cervantes, Víctor Hugo, Mérimée) y una tradición legislativa obsesionada con su asimilación forzosa y el abandono de determinadas prácticas: idioma, trashumancia, oficios, indumentaria... (Sánchez Ortega, 2009; San Román, 1997). Los aspectos conflictivos no son una constante en esta imagen, más bien se convierten en recurrentes cuando el grupo mayoritario los considera una amenaza (como sucedió con determinado cine español sobre la delincuencia urbana a principios de los ochenta).


Temas gitanos en el cine más reciente


En España, desde prácticamente los orígenes del cinematógrafo hasta 1976, las películas sobre gitanos se han caracterizado por una imagen folclórica irreal y distorsionada, llena un énfasis exagerado en determinados elementos exóticos de su cultura, como por ejemplo una especial actitud ante la vida y el amor (pasión, improvisación, picaresca,... atribuida a la herencia o al nomadismo). En este largo período, apenas unos pocos títulos apuntan un cierto aire renovador, como Los Tarantos (1962) de Rovira Beleta o Con el viento solano (1965) de Mario Camus.

Con la llegada de la democracia estos temas quedaron relegados al cine más descaradamente comercial o coyuntural, incorporándose otros enfoques prohibidos hasta entonces implícita o explícitamente: problemáticas sociales y actitudes más ajustadas a la realidad (delincuencia urbana, integración social, prejuicios...). Paralelamente, se abre camino un enfoque cultista del flamenco gitano de raíz lorquiana --iniciado con éxito en la trilogía de Carlos Saura compuesta por Bodas de sangre (1980), Carmen (1983) y El amor brujo (1986) -- cuya influencia se detecta aún hoy día en numerosos espectáculos coreografiados.

En el cine español más reciente hay dos títulos que marcan un final de etapa o un cambio de tendencia (según se mire) en cuanto a enfoque y temas: se trata de Alma gitana (1996) de Chus Gutiérrez y Lola vende ca (2000) de Llorenç Soler. La primera propone una reivindicación (hasta entonces inédita) de la mujer en la cultura gitana, mientras que la segunda propone, en la línea de ciertos estilos híbridos que combinan ficción y documental, una aproximación no convencional al mundo gitano.

La televisión y el auge de la telerrealidad han abierto un nuevo frente en la explotación de los estereotipos gitanos, tomando el relevo a las comedias folclóricas de hace treinta años. Se trata de supuestos reportajes --realizados sin preparación ni documentación-- que insisten en determinados tópicos que se suponían en declive. La serie británica Mi gran boda gitana (2011), duramente criticada por colectivos y asociaciones a raíz de su emisión en España, ya cuenta con una versión en EE UU.

El cine europeo, por su parte, no presenta un tratamiento específico ni una evolución diferente; en todo caso demuestra una asimilación temática y narrativa a los modelos de éxito comercial (testimonios, conflictos con la ley, fricciones generacionales). Episodios en la vida de un reciclador de metales (2013) de Danis Tanovic, por la que el actor de origen gitano Nazif Mujic ha sido premiado con el Oso de Plata al Mejor Actor en el Festival de Berlín 2013, está basada en un episodio de la vida del propio Mujic y su mujer, un testimonio humano antes que gitano. Por su parte, Sólo el viento (2012) del húngaro Benedef Fliegauf se centra en la experiencia de vivir amenazado, inspirada en las agresiones y asesinatos cometidos contra comunidades gitanas entre 2007 y 2009.

El documental, en cambio, es el género donde debemos depositar las mayores esperanzas: gracias al abaratamiento de los sistemas digitales de grabación será posible llenar el hueco que la bibliografía especializada ha dejado vacante. El legado gitano será audiovisual antes que escrito. En este apartado cabe destacar la figura de la actriz, escritora y cineasta francesa Dominique Abel, estudiosa del flamenco que, por extensión, se ha interesado por el mundo gitano. Su primera película Agujetas cantaor (1998) es una biografía documentada de este artista musical. A continuación rodó En nombre del padre (2001), sobre la transmisión de padres a hijas del arte flamenco. Polígono sur. El arte de las Tres Mil (2003) es su primer largometraje, sobre la peculiar expresión del flamenco en el barrio sevillano del mismo nombre.

Denuncia de la desigualdad y el prejuicio, reivindicación social y cultural, recuperación de la memoria histórica, vidas ejemplares, mujeres, educación, actualidad... todo cabe en este género: Can Tunis (2007), Gitanos de Buenos Aires (2008), Gitanos catalans! (2011), Jacques Leonard. El payo Chac (2011). La mayoría están disponibles de forma gratuita en diversas plataformas digitales. El reto consiste en dotarlos de visibilidad y repercusión suficientes.

Sin embargo, es Tony Gatlif, cineasta francoargelino de ascendencia gitana, el que más se ha ocupado de la cultura gitana en la pantalla. Su filmografía --como la de Ford, Allen o Almodóvar-- recae una y otra vez en una serie de temas y esquemas narrativos. Sus argumentos retratan la historia, la sociedad y las realidades actuales del mundo gitano. Pero Gatlif no es sólo el cineasta "oficial" de una etnia, con el tiempo ha adquirido un dominio muy personal de la narración cinematográfica, situándose más allá del mero cine de trasfondo etnográfico. Exils (2004) supone un hito fundamental en su evolución artística: la película explora los exilios generacionales y culturales, el drama de la recuperación de la memoria personal y familiar. Exils es una película con la que sin duda Gatlif ajusta cuentas con su propio pasado.

En la última década, otros grupos étnicos se han instalado en el espacio que ocupaban antes los gitanos en la ficción cinematográfica. Esta nueva inmigración viene de países y culturas que a la mayoría resultan exóticas o desconocidas (Magreb, Latinoamérica, Asia), y eso las hace objeto de interés periodístico, televisivo y, por supuesto, cinematográfico. Estos colectivos y sus problemas ponen el acento en temas y conflictos de renovada fuerza, al contrario de lo que sucede con los gitanos. El cine se decanta especialmente por los que tienen mayor potencial dramático: el choque entre la cultura de origen y la aculturación forzosa que impone el nuevo entorno urbano, la novedad de una generación de jóvenes nacidos en Occidente cuyos referentes culturales se sitúan en territorios que no han conocido...

La ficción sobre los gitanos se ha diluido en el panorama cinematográfico; y sin embargo prevalece la imagen negativa, asomando en los titulares de prensa sobre reyertas, conflictos vecinales y sucesos violentos (Oleaque, 2007). Los filmes de reivindicación y denuncia de la discriminación parecen cosa del pasado, y no porque esté todo dicho, sino porque hay nuevos formatos que se adaptan mejor a objetivos más concretos y prácticos. La ficción propone una reflexión abstracta que llega al espectador si se potencia lo suficiente el drama humano; en cambio el documental permite expresar además inquietudes cívicas y artísticas. Además, se adapta con facilidad al entramado de sedes web, blogs y redes sociales en los que el asociacionismo gitano refuerza día a día su presencia digital.


La visibilidad digital y sus consecuencias

Antes de 1995, el cine aportaba una forma indirecta de reivindicarse y corregir los prejuicios y desinformaciones sobre la cultura gitana que contribuía a perpetuar: en primer lugar cineastas dispuestos a documentarse cuando mostraban algún aspecto de la cultura gitana en sus filmes; el segundo, directores dispuestos a correr el riesgo de ambientar sus historias en el universo gitano, de forma polémica y combativa si es necesario. El balance de ambas vías no ha sido especialmente productivo (Garrido, 2003), dado el desconocimiento general de su cultura.

Internet es un nuevo medio que impone nuevas limitaciones y reglas (brecha digital, barreras idiomáticas, capacitación del usuario), pero sobre todo la lucha por la visibilidad. Inmersos en un océano inabarcable de contenidos en el que las opciones y los estímulos tienden al infinito, es complicado darse a conocer, y mucho más influir. Por ese lado la batalla es complicada, puesto que hay que luchar contra otros usos más consolidados y atractivos (comercial, ocio, redes sociales...). En este contexto, para los gitanos, un objetivo más realista supone aprovechar los recursos digitales y convertirlos en un elemento de cohesión social. Los contenidos digitales pueden servir de contrapeso a esa literatura y ese cine que, durante casi un siglo, les han convertido en un pueblo atrapado en una cultura hecha de normas injustas, irracionales e incompatibles con la democracia. Aprovechar esta ventaja tecnológica es un reto nuevo y crucial para los gitanos; puede que de ello dependan su singularidad y su vitalidad a medio plazo.

El sociólogo Zygmunt Bauman (teórico de la modernidad líquida) advierte que se suele considerar la globalización como un proceso en el que se enfrentan dos fuerzas opuestas: una tendencia casi imparable de mundialización de la economía que choca la resistencia de comunidades locales, legislaciones y grupos sociales anclados en territorios. Bauman opina, en contra de la mayoría, que ambos fenómenos no se oponen, sino que van íntimamente unidos; de hecho cree que no existe ninguna clase de globalización que no provoque tensiones locales (Bauman, 2012).

Pues igual que la globalización ha modificado la economía, también ha auspiciado una reestratificación de temas y puntos de vista en el cine y el documental: determinadas reivindicaciones vinculadas a territorios y comunidades locales han quedado relegadas a un segundo o tercer plano debido a nuevas urgencias e imprevistos. El imaginario gitano parece haber perdido el valor de uso de que disfrutaba en la ficción occidental: ya no es una referencia transgenérica, ni sus tópicos asoman de tanto en tanto. La disolución de la especificidad gitana en el mosaico digital de culturas ha desplazado el eje narrativo de la ficción hacia un enfoque testimonial: crónicas acerca de la mejora de las condiciones de vida locales, la igualdad de oportunidades, recuperación de la memoria histórica... A pesar de tanta variedad, accesible a un solo clic, la especialización temática ha acabado por generar una selección implícita de contenidos: recuperación de tradiciones en peligro, casos de éxito, pioneros, principios de progreso en el pasado... Los temas polémicos o inconvenientes, en cambio, han quedado para el reportaje de actualidad, casi siempre como ejemplo de actitudes que es necesario combatir o superar.

Otra consecuencia de la dispersión y de la abundancia digitales es la pérdida de la unanimidad: no todas las voces gitanas hablan hoy por y para su colectivo, sino por y para ellas mismas. El resultado es una variedad de enfoques e ideas que dificulta el consenso en determinados temas, lejos de la polarización unívoca que los gitanos como colectivo ofrecían en el cine años atrás. El crecimiento en presencia y visibilidad implica la atomización de objetivos e intereses y, por descontado, la parcelación del debate y la crítica. Todo ello síntomas inequívocos de normalización.

En definitiva, la reivindicación y la integración de los gitanos ya no pasa necesariamente por la ficción cinematográfica. Esta estrategia posee más inconvenientes que ventajas: a cambio de una limitada visibilidad, implica unos riesgos difíciles de combatir, puesto que refuerza tópicos y arquetipos en todo aquello que el espectador no conoce bien. Reivindicarse a través del cine de ficción es jugar en campo contrario: posee la doble dificultad de asumir unos requisitos impuestos (pero necesarios si que quiere atraer público) y habilidad suficiente para integrar un trasfondo de denuncia sin eclipsar a la trama principal. Esto no siempre se ha logrado ni se va a poder conseguir siempre, porque la ficción y los públicos cambian. Otra etapa se ha completado; es hora de continuar por otros caminos.



BIBLIOGRAFÍA CITADA

BAUMAN, Zygmunt, 2012. Globalización. Consecuencias humanas. México: FCE

CANTERO-EXOJO, Mónica; VAN LIEW, María; SUÁREZ, José Carlos, 2012. Fotogramas para la multiculturalidad. Migraciones y alteridad en el cine español contemporáneo. Valencia: Tirant lo Blanch.

GARRIDO, José Ángel, 2003. Minorías en el cine. La etnia gitana en la pantalla. Barcelona: Publicacions de la Universitat de Barcelona.

KENRICK, Donald, 1995. Los gitanos: de la India al Mediterráneo. Madrid: Presencia Gitana.

OLEAQUE, Joan M, 2007. La imagen de los gitanos en los medios de comunicación. Cuadernos Gitanos, Nº1:20-23, Fundación Instituto de Cultura Gitana.

SAN ROMÁN, Teresa, 1997. La diferencia inquietante. Viejas y nuevas estrategias culturales de los gitanos. Madrid: Siglo XXI.

SÁNCHEZ ORTEGA, Mª Helena, 2009. La minoría gitana en el siglo XVII: represión, discriminación legal, intentos de asentamiento e integración. Anales de Historia Contemporánea, 25:75-90.

SANTAOLALLA, Isabel, 2005. Los “otros”. Etnicidad y raza en el cine español contemporáneo. Zaragoza: Prensas Universitarias.



























Ahora ya es vuestro


Tantas mentiras en busca de lectoras y lectores

Portada. Obra de Víctor Coyote Aparicio

 «Oye, que Jessica y yo hemos decidido que sí, que lo publicamos», la voz de Víctor sonó al otro lado del teléfono. Era un domingo por la mañana. Estuvimos hablando unos diez minutos. Nada más colgar, comencé a llorar, un llanto tonto de alegría que lo expulsaba todo. Sentí que un largo proceso había terminado y dejaba paso a tantos otros. Y es que Tantas mentiras recoge unos quince años dando tumbos, a veces atormentados, casi siempre aparentemente innecesarios. Lugares como Bogotá, D. F., Quito, Godella (claro), Vigo, California, Barcelona son algunos de los escenarios de los doce relatos, también de la micronovela que los acompaña. Son historias que durante años retuve en la cabeza o anoté en libretitas de bar en bar, esperando el momento adecuado para ordenarlas, que encontré en verano de 2013 en Montalvo Arts Center (thanks!), un lugar idóneo para dar rienda suelta a lo que cada uno lleve dentro. Y las rematé en el chalé de la familia Plasencia Camps (¡agradecido!) en Chulilla. Dispuse del tiempo necesario para emprender «un proceso de autodestrucción» como lo explica Inés en el que disolverme en los personajes y sus historias. Hasta perdí los incisivos, clavados en un bocata de blanco y negro (hoy ya podemos reírnos de esto).
Mucho antes de terminarlo, incluso de empezarlo, supe que mi primera opción serían los editores de JekyllandJill. Los había conocido en un congreso de editores y libreros en Zaragoza, organizado por la librería Cálamo en febrero de 2011, en uno de esos viajes que haces sin saber muy bien por qué. Ahora ya lo sé: lo hice para conocerlos. Aquella madrugada, Víctor me desplegó un plano muy grande de Zaragoza en el suelo de un portal (si veis el libro entendéreis que, sin saberlo, estaba anticipando su diseño). En aquel entonces, ellos no tenían todavía editorial ni yo tenía libro. Aun así, llegamos a un acuerdo. Cuando lo tuviera se lo haría llegar. Mientras tanto ellos se encargarían de montar una editorial molona, como así han hecho. Me gustan: ellos y el amor que transmiten por sus libros; inevitable que no se refleje en el resultado final.
Ahora, marzo de 2015, Víctor y Jessica me cuentan que Tantas mentiras ha empezado a distribuirse por librerías en busca de lectores y lectoras. Es el momento de acordarme de los que me habéis apoyado para no desfallecer en el camino y que el libro llegase a su orilla. El acto de la escritura es ambivalente. No deja de ser un acto onanista-solitario pero que a la vez necesita de un sincero apoyo moral para seguir insistiendo. Porque las dudas son muchas: ¿Por qué no dejarlo? ¿Le gustará a alguien? ¿Para qué escribir cuando es mucho más relajante no tener que hacerlo? Recuerdo ahora a Nico una noche en un concierto en el Matadero insistiendo en que no debía dejarlo; o a Queca cuando una tarde mientras le estaba contando una historia en la Amazonia ecuatoriana —a saber qué me estaría inventado— me dijo: «Esas historias tienes que escribirlas. Nos las debes»; o Manol y Raquel que, desde la profunda sierra turolense, se leen hasta las solapas de los panfletos que les mando. O al Jipi que halagó —él, tan poco dado a hacerlo— Hacia un psicogeografía de lo rural, mi penúltimo intento por contar algo. Me acuerdo de la biblioteca con todos los libros de La Tapadera que Rakel y Sergio salvaguardan en el salón de su casa en Bilbao. Y de Alex y Albeliz, el aturdido alborozo con el que, todavía durmiendo, recibieron aquella chilanga mañana La vida póstuma, un anterior manuscrito que ellos publicaron en México. Me acuerdo de muchos de vosotros y vosotras que, quizás sin pretenderlo, habéis contribuido a que siguiera persistiendo.

Rincón de agradecimientos


Para los agradecimientos necesitaría mucho espacio. Me voy a dejar a alguien seguro: a Inés por su asesoramiento -¡dale aire!- y por acompañarme con paciencia en las partes más agónicas (¡gracias Jochi!); a Sergi, David y Paqui, por los consejos que me dieron en su concienzuda lectura del manuscrito;  a Sonia, por prestarme sus ojos para corregirlo; a las largas noches de oratoria con los amigos en el Casino Musical de Godella, centro de alto rendimiento para el perfeccionamiento de historias; 
a Héctor, por los muchos avatares compartidos y por su incisiva forma de mostrarme su apoyo en esto (guiño). A Andrés, porque los hay que son para toda la vida. A Edu Reptil, por este primer impulso. A los y las compas de Montalvo, que contribuyeron a que encontrara el ambiente idóneo. A los camaradas que prestasteis vuestras orejas para escuchar estas y otras historias y contribuir a perfeccionarlas con vuestros aportes: Dani, Javi (aquel viaje a Ermua), Montse, Kike, Glopep, Vicent, Rulo, Rick, Jipi, Alex (¡Indurain!)... Y a los amigos y amigas de México, Colombia, Cuba, Chile, Guinea, Ecuador, Estados Unidos, Irán, Guatemala y otros muchos sitios y personas en los que me dejé un trocito en el camino. Ojalá también caiga en vuestras manos (el libro se distribuye también en América Latina, Italia y Portugal. ¡Persuadan a sus libreros!).

                                  
A Carmen y Paco, por siempre y todo.


Y a todas las personas que habéis enviado vuestras entusiastas congratulaciones en estos primeros pasos: Jesús Ge, Viktor, Marisa, Marina, Sam, Rafa Tormo, Alba Rico, Bárbara, Laura, Txema, Luci, Aitana, Águeda, Toni Dwomo, Miguel Morata, Campo Adentro, Belén, Laia, Mónica, Almu, Rafa Verlanga, Nacho Palomitas, Nacho Fernández, Marta Sanuy, Inma, Maika, Judit, Natalia, David Estal, Erika, Rogelio, Raquel Blanco, Marta, Julia, Paloma (¡ese Fórum!), Ricardo, Itziar, Juanvi, Cata, Jordi, Néstor, Rosella, Eva, Lucía, Miquel Àngel,... Gracias.


Y a Bigott, otro zaragozano. Este concierto me acompañó de fondo en las partes más delirantes del proceso.


Y,  por supuesto, a las personas, convertidas ahora en personajes, que me compartieron un cachito de sus historias y que hoy ya forman parte de este libro.

Comparto mi alegría con vosotros y vosotras... desde Massalfassar, París, Berlín, Denia, Jaén, Valencia, Bogotá, Vigo (¡Alg-aLab!), Puigcerdà, Madrid, Malabo, Jartún, etc. Mi trabajo ha terminado, pero no estará concluido hasta que sea leído. Así que ahora ya es vuestro (si queréis, claro). Espero que podáis disfrutar de su lectura tanto como yo sufrí escribiéndolo.

PD: ¡Y pronto lo celebraremos! Por saraos no será. El primero: jueves 9 de abril en la librería Antígona de Zaragoza. El baile ha comenzado.

Ancud-Benicalap, marzo 2015

lunes, 2 de marzo de 2015

Un tranvía Juárez-Trànsits: mi historia con Canek




POR EVA MÁÑEZ

Canek Sánchez Guevara (La Habana 1974 - México D.F. 2015)

En 1992 viajé a Cuba, entonces era muy punk. Creía en el anarquismo, era vegetariana, leía con voracidad, llevaba cresta, vivía en la casa okupada del Kasal Popular en Valencia y me hacía miles de preguntas. Tenía veinte años y quería saber cómo era Cuba, cómo era el sueño socialista. Comencé a vender enciclopedias Larousse puerta por puerta y conseguí así el dinero para el pasaje. Tenía el billete, tres días de hotel pagado y un visado de turista para quince días. Cruzaría el charco y vería lo del socialismo con mis ojos ácratas llenos de curiosidad y romanticismo de izquierdas.
Nada más llegar hice amigos, el mismo día conocí a una gente majísima, como Marita y Noel. Llovía, al día siguiente seguía lloviendo torrencialmente. Las noticias hablaban de un fenómeno atmosférico llamado El Niño, un huracán que venía a la isla. Tocaron a la puerta y un camarero del hotel me dijo que teníamos que subir a la azotea. Metí lo justo en una bolsa y subí. Estábamos a cuatro calles del Malecón, veíamos como las olas subían por encima de los edificios del Malecón. Llegó un tractor en medio del agua con mis nuevos amigos y me fui con ellos. Me acogieron en su casa y conocí a muchísima gente maravillosa. No tenía dinero y me buscaba la vida trapicheando con los guiris o haciendo la compra a los cubanos en las diplotiendas. Estábamos en el “periodo especial”: en las tiendas donde comprar con dólares sin tarjeta de racionamiento solo podían entrar los extranjeros, muchos cubanos tenían dólares porque se los enviaban sus familias de Miami pero no podían comprar en esas tiendas, así que yo les hacía la compra y por cada dólar gastado me daban un peso.
Así sobrevivía, y en esas que conocí a Canek.
Era medio heavy, tocaba el bajo en un grupo, tenía una larga melena negra azabache, guapísimo, desgarbado y un poco serio. Él leía más que yo y se hacía más preguntas que yo; estaba lleno de preguntas incómodas. Conversar con él fue una de las experiencias más fascinantes que haya tenido nunca. Me fui a vivir a su casa. Me contó su historia. Era el nieto del Che Guevara, eso era un peso, un peso grande; desde bien pequeñito, hubo gente que quiso decirle lo que debía pensar o hacer y eso no le gustaba. Su madre era la primogénita del revolucionario. También era hijo de Alberto Sánchez, mexicano, miembro de la Liga de los Comunistas, quien llegó a Cuba en calidad de asilado político después de que, en 1972, su organización secuestrara un avión en el aeropuerto de Monterrey para exigir la liberación de sus compañeros. La vida del amigo Canek se había forjado entre el peso y la responsabilidad de ser el nieto del Che Guevara y el exilio político en Europa, entre todo tipo de militantes de izquierda, extrema izquierda, pseudoizquierda y todos los tipos de izquierdas habidas entonces. Canek como yo era de corazón punk y anarquista, cuestionaba el comunismo, los dogmatismos, las vanguardias, las izquierdas. Yo le hablaba de los okupas, de los jóvenes que en Europa tomábamos casas para crear en ellas organizaciones horizontales desde las que cuestionarnos el poder y el capitalismo, de nuestra vida en comuna, de la música y del antifascismo. Teníamos un mundo nuevo en nuestros corazones. Mis cassetes de La Polla Records y Maniática que metí en aquella bolsa de lo imprescindible se copiaban y sonaban entre los punks de La Habana. Canek se lo pasaba a un amigo músico y él a otro y a otro.
Canek era muy crítico con el régimen cubano y muy crítico con el capitalismo también. Con más amigos se hablaba de esa frustración de vivir en una isla y no poder salir de ella, de no gustarles el régimen en el que vivían, que en realidad no era ya comunista, pero que para nada la respuesta era el capitalismo. Tenían entre diecisiete y veinte y pocos años. Algunos tenían que ir al servicio militar e intentaban evitarlo. Más de una gran borrachera cogimos acompañando a algún colega para que al día siguiente pudiera aparecer en el psiquiatra con la suficiente mala pinta como para no dar el apto. Canek también tenía esa preocupación, no quería hacer el servicio militar ni nada por el estilo. Podía reclamar la nacionalidad mexicana y librarse así de eso. Era difícil para él decidir tener una nacionalidad u otra, prefería las dos o cagarse en todas las nacionalidades y los servicios militares y sociales del mundo.
Pasaba el tiempo, mi visado hacía meses que había caducado. Sabíamos que Canek iría a México pronto y yo ya debía de regresar a casa. Echaba de menos a los míos, mi familia y el kasal.
Entonces no había Internet, nosotros ni siquiera teníamos teléfono. ¿Cuba y una casa okupa? Entendimos que nos separábamos ahí, con ternura nos despedimos y no volvimos a vernos ni a escribirnos.
Yo pensé muchas veces en él después. En todo lo que aprendí con él. En su ternura y su compromiso con la libertad. Así en mayúsculas, libertad.
Y llegó Facebook y una tarde tonta hace más de un año pones su nombre y existe y está ahí. Le envié un mensaje breve, temerosa de que quizás ni se acordara de mí. Me respondió con una larga y hermosa carta donde me contaba que estuvo en Barcelona y que en cada esquina esperaba encontrarme. Nos mensajeábamos en Facebook, hablábamos de nuestras vidas, de lo que habíamos hecho todos estos años, él me enviaba los textos que escribía, yo le enseñaba mis fotos. Nos contábamos nuestros amores y desamores, los viajes, los problemas del curro, los sueños, la vida. Eran mensajes llenos de ternura donde bromeábamos con un tranvía de Juárez-Trànsits (su barrio en México y el mío en Valencia) que nos uniera y la posibilidad de un reencuentro en un futuro no lejano donde retomar nuestras conversaciones mirándonos a los ojos. 
Puse en contacto a Canek con la revista Bostezo para que él publicara algo aquí. Hoy, el día de la presentación de Bostezo, su director, Paco Inclán, me dice que siente lo de Canek, no sé de qué me habla. Me dice que ha muerto, un infarto, está en todos los periódicos de México. Que creía que yo lo sabía.
No lo sabía, me acabo de enterar.
Y vengo a casa y escribo todo esto de un tirón. Esta es mi historia con Canek.
Contarla es hónrala, recordarlo, y quizás, no sé, poderle decir otra vez adiós con la misma ternura que lo hicimos en 1992.


«Solo soy un egoísta que aspira a ser un hombre libre, un egoísta que sabe que el egoísmo nos pertenece a todos y que este ha de ser solidario si se quiere pleno: en otras palabras, que mi libertad solo es válida si la tuya también lo es, si mi libertad no aplasta tu libertad ni la tuya la mía», escribió en 2006.

Mundo híbrido: El Salvador, nacionalismo dolarizado



POR CANEK SÁNCHEZ GUEVARA

El paisaje cambia poco a poco de montaña a trópico. El cruce en la frontera transcurre sin problemas y una hora y media más tarde comienza a aparecer la capital salvadoreña. El bus se asoma por la parte nueva de la ciudad, limpia y turística, llena de enormes anuncios, logotipos corporativos, hoteles y edificios modernos, bares, restaurantes (mucha franquicia transnacional) y automóviles del año. Por un momento tiemblo: ¿esto es San Salvador?, me pregunto con temor. Se vacía el bus y solo quedamos tres viajeros con destino al centro de la ciudad, oscuro y solitario a estas horas de la noche. 
         Abordo un taxi con dirección al norte de esta urbe cuya expansión ha devorado ya catorce municipios, alcanzando así el millón y medio de habitantes. El precio del trayecto es de cinco dólares. Lo primero que llama la atención de este país es que la moneda oficial sea el dólar (el colón se suprimió en 2001). Le pregunto al taxista cómo les ha ido en el proceso de dolarización, y al igual que todos sus congéneres en cualquier parte del mundo, comienza a dictar cátedra: «Bueno, al principio fue muy duro porque todos los precios se redondearon hacia arriba, pero a la larga creo que nos ha ido mejor. Si analizamos las devaluaciones de la moneda hondureña (el eterno vecino, querido y execrado) podríamos concluir que de haber seguido con nuestra moneda, hoy el dólar nos costaría veinticinco colones. Ahora, por ejemplo, nos resulta más fácil viajar». Pregunto por los salarios: «Sí, bueno, ese es el problema. El salario no se redondeó hacia arriba y el mínimo sigue en torno a los doscientos dólares mensuales».
         Llego a un barrio tropical y dicharachero que me recuerda a algunas zonas de La Habana. Cruzo la calle tomando un batido de mamey, comprado en la esquina, y una muchacha se mete conmigo: «Papi, ¿me invitas de tu jugo?», y se aleja riendo. No molesta; al contrario, relaja estar en un mundo en el que las muchachas de dieciocho piropean a los hombres de treinta y seis con naturalidad y frescura. No es que sea la igualdad falta mucho, muchísimo pero tímidamente se acerca, al menos en términos de lenguaje...
            Me interno en un callejón. En un recodo dos chicos fuman en la oscuridad. Al acercarme murmuran algo y adoptan la consabida pose de quien observa las estrellas con demasiada atención (manos en la espalda, silbido inconsciente, apócrifo asombro). Al pasar a su lado comento que eso huele muy bien. Los chicos responden tosiendo y expulsando un humo que de todas formas ya se escapa por sus respectivos orificios auditivos. Pocos metros más adelante está la casa. Toco y abre un hombre canoso engalanado con un calzoncillo azul celeste: «Pasa adelante, te esperábamos», dice, como si nos conociéramos de toda la vida: «Mi esposa salió pero tu cuarto ya está listo», agrega. Atravesamos la modesta vivienda y salimos al patio, rodeado por seis habitaciones y unos baños comunes (no es un hotel, tampoco una pensión, es solo una casa donde reciben inquilinos, y ahora soy el único). Me instalo en un cuarto amplio, con techo de lámina cubierto de tejas (en las mañanas las palomas picotean entre las tejas y en las noches los gatos pasan, a veces con delicadeza y a veces en tropel, mientras el perro de al lado ladra con territorial indignación). Afuera, bajo el tejado, una hamaca y la mesa en la que escribo.

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El amanecer es fresco y agradable. A media mañana el sol golpea y la humedad ha aumentado un buen tanto por ciento. Salgo rumbo al centro en un bus con televisor (videos reguetoneros, audio a todo volumen, nalgas por doquier). Bajo al hipermercado ambulante que es el centro de San Salvador y recorro los puestos de comida, ropa, cedés, devedés, aparatos electrónicos, preguntando precios al azar, solo para tener una idea. El valor de una chuchería me sorprende: «Una cora», dice el vendedor, y tardo varios segundos en comprender que se trata de un quarter, o veinticinco centavos de dólar (no puedo evitar recordar la traducción de El Quijote que un ocioso aventuró al espánglish: «In un placete de La Mancha of which nombre no quiero remembrearme, vivía, not so long ago, uno de esos gentlemen who always tienen una lanza in the rack, una buckler antigua, a skinny caballo y un grayhound para la chase»... El capital circula con soltura en este centro comercial que es el centro, moviéndose siempre a ritmo de dólar: un negocio por aquí, un chanchullo por allá, legal o ilegal, bueno o malo, barato o caro todo se vende y se compra, el capital no se estanca, el comercio informal aumenta en la misma medida en la que la crisis del mercado laboral se agudiza.
            Por todos lados, la bandera de los Estados Unidos, convertida ahora en marca comercial. Los negocios anuncian ropa americana, muebles americanos, electrónica americana, repuestos americanos y otros americanos etcéteras, siempre con tropicalismo, algo de espánglish y un dinamismo que quizás también sea americano, aun si sus gestos son bien salvadoreños. Me dirijo luego a un barrio conocido por su mercadeo de estupefacientes; encuentro a un hombre de mediana edad, metro ochenta, ciento cincuenta kilos de peso, mirada dura y agradable, verbo ágil y mercadotécnico. En medio de la calle saca la mercancía, la muestra, deja que la olfatee. Sin conocerme ni tener referencia alguna me da su número telefónico («vuelve cuando quieras, aquí estamos para servirte»). Todo tranquilo, como debe ser.
            Caminando llego a la universidad. La tarde transcurre en un jardín, bajo un árbol, fumando al amparo de la autonomía universitaria con algunos nuevos amigos. Hablamos de El Salvador, de Centroamérica, de educación, arte, cultura (del sempiterno fútbol); oigo los mismos reclamos que he escuchado en estudiantes de otros sitios: el siempre escaso presupuesto, la utilización política que unos y otros hacen de la universidad, la degradación de la lucha en una retahíla de consignas que se repiten y repiten y repiten hasta perder todo significado y razón de ser, la memorización como método, el escaso impulso al pensamiento crítico, y la crítica al gobierno, ahora «de izquierda», encabezado por el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, «reciclado como un partido socialdemócrata cualquiera», dice uno de los estudiantes. La conversación no puede ser de otra forma está aderezada con ese sentido del humor ácido y picante que uno encuentra en el trópico. Estalla un aguacero (también tropical) y nos mantenemos bajo el frondoso árbol que nos cobija, hablando y esperando a que escampe. Antiuniversitario como siempre he sido, es la primera vez que paso tanto tiempo en un campus. Al separarnos ya ha oscurecido. Dos buses y una hora más tarde, llego a casa.

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El fantasma de Roque Dalton planea sobre esta urbe. Poeta y comunista («oh / ligarquía / ma / drastra / con marido asesino / vestida de piqué /...»), ejecutado por sus propios compañeros del Ejército Revolucionario del Pueblo bajo la doble y contradictoria acusación de ser agente de la CIA y de los servicios secretos cubanos, escribe ahora su nombre en calles, escuelas, hospitales y teatros. De enemigo de la patria a héroe de la cultura nacional. Quizá esto dé una idea, simbólica si se quiere, de las transformaciones salvadoreñas desde el final de su guerra civil.
            En efecto, se construye aquí un mundo híbrido: nacional y dolarizado...

San Salvador